La última vez que lo vi fue en el Ateneo de Maracay, detrás del escenario, abrió los ojos sorprendido cuando me vio, - "¡Eres tú!, ¡Qué bueno verte!, ¿Cómo has estado?”- dijo mientras terminaba de despojarse de Carlos Marx, a quien acababa de interpretar. Me dio un abrazo fuerte, con su sonrisota y su energía de tres toros juntos.
En ese
momento, (y para variar), yo tampoco paraba de sonreírle, le dije que estaba
contenta de verlo sano, lo felicitaba
por la actuación y le agradecía que estuviera bien. Era su primera función luego de haber sufrido
un infarto hacía poco más de una semana.
“Ya estoy bien, fue solo un susto. Bueno, tú me acabas de ver”-, me dijo
sonriente.
Tenía el
pelo largo y canoso, con la barba también larga y poblada para el personaje y
sudaba en el calor inclemente de mi hermosa ciudad jardín. Lo acompañaba Nattalie
Cortéz, nuestra espectacular actriz que le dio vida a la pareja de Marx. Creo que es normal que esta simple mortal
recuerde con alegría y muchísima satisfacción ese momento, en la penumbra del cuasi
camerino de los actores, donde casi se me olvida que estaban mis papás, todavía
más emocionados que yo, esperando que les presentara a Gustavo Rodríguez.
Mis papás
felices les estrecharon las manos y los felicitaron, ellos humildes contestaron
con una sonrisa y un “muchas gracias” más emocionado aún. Cuando paramos de confirmar
que estaba en buen estado de salud y de felicitarlo por tan grandiosa puesta en
escena, recordamos él y yo, para los presentes, cuándo nos conocimos. Yo lo había entrevistado
para AP años atrás, porque había encarnado al tirano “Sr. Presidente”, en la
película de Rómulo Guardia. Primero nos hablamos por teléfono y luego nos
abrazamos reconociéndonos amigos el día del estreno.
“No quieres
salir de personajes difíciles ¿no?”-, le comenté a propósito. “Esos son los
interesantes”-, me contestó con su voz de trueno bien manejada. Esa voz de protagonistas
emblemáticos de las telenovelas de mi infancia y que ya de adulta tuve el
privilegio de escuchar aún más veces por teléfono, por entrevistas o
simplemente como un viejo amigo, al que se le llama de vez en cuando para saber
cómo está.
Luego supe
que no habían podido presentar la obra en el entonces Ateneo de Caracas. Por teléfono nuevamente, me
explicó que había un “conflicto que no se pudo resolver dentro de la compañía…
y bueno, como no se resolvió, pues no nos presentamos”. Ni me dijo más y yo, como ya estaba en plan de
amiga y no de periodista, no dije ni digo más.
Desde
entonces la vida nos llevó por rutas distintas y yo seguí creyendo, como
siempre, que Gustavo Rodríguez era eterno, que un día de estos lo llamaría y
echaríamos cuentos otra vez. Me equivoqué
sólo en algo: no echaremos más cuentos.
Hoy día recuerdo
con tanta nostalgia y emoción ese momento en el Ateneo de Maracay, aún retumba su
voz plena en mis oídos. Ahora lo tuteo
como me lo pidió desde nuestra segunda conversa.
Gustavo,
nuevamente te expreso mi sentido cariño, admiración y agradecimiento por
haberle prestado tu voz, tu alma y tu presencia a esos personajes que, no eran
difíciles, como yo dije, sino únicos, como TÚ.
Y aunque el
celuloide y nuestra memoria te hacen eterno, esos personajes se acaban de marchar
contigo.
¡Hasta luego Sr. Gustavo Rodríguez!.

No hay comentarios:
Publicar un comentario