domingo, 14 de marzo de 2010

En la espalda de JJ

El temor a dejarle una hernia a mi hermano competía con la emoción de corear en vivo Enter Sandman aquel 12 de marzo en el concierto de Metallica en Caracas. Esa canción se coló en mi vida desde el año 91, pero se hizo una de mis favoritas del género metal en los últimos años, y ello gracias al joven que pujaba por mantener mis cincuenta y cinco kilos estables sobre su columna.
Si bien James Hetfield y Metallica significan varios pedazos de mi historia, amores, amistades, tiempos y lugares, para mi hermano, quien rondaba apenas 8 o 9 años cuando los escuchó por primera vez, adquieren la connotación de ídolos, de inspiración para su música, que es su vida.
Hoy, con más de un cuarto de siglo entre nosotros los vivos corrientes, Jota, mi genial hermano, tiene una banda de rock con la que comparte su peculiar hipnotismo por una guitarra eléctrica, es su otro mundo, otro planeta más bien. http://www.myspace.com/xblademcy
Dos de sus mejores amigos e integrantes de la banda estaban ahí también con nosotros, junto con otras 25 mil almas que, como mínimo desde hacía una década esperaron ese encuentro que duró dos horas exactas, con antesala de unas siete en cola y espera.
Fue una experiencia sin igual, así lo reseñaron los diarios dos días después, más para mí se cerraba una elipsis temporal de varios años entre mi “caballo” Jota y yo.
Por lo menos un centenar de lámparas de alto voltaje, un sonido de varios miles de watts con el que apenas se escuchaban nuestros gritos y unos juegos pirotécnicos de llamaradas que me recordaban a los mechurrios de la industria petrolera en Paraguaná, le dieron algo de apoteósico, grandioso incluso, a esos seis minutos de canción en caballito.
Otra de esas experiencias espirituales, con máxima exaltación de amistad, de hermandad, de unidad, pues, sólo me la imagino en el Himalaya, cuando Jota y yo debimos ser hermanos en otra vida también, y compartimos como monjes que alcanzan esos estados elevados sin alucinógenos de por medio.
De vuelta al 2010 y ya casi al final de la canción, sentía bajo mis muslos el temblor de los brazos de Jota soportándome, algo preocupado por voltear y verme contenta de verdad y también por resistir mis saltos sobre su espalda.
Me preguntó luego si realmente había disfrutado el concierto, espero que estas líneas le respondan. No es que no me percibiera feliz, es que sabe que me gustan más otros géneros musicales, que él no puede compartir conmigo en vivo y que van de lo tropical a lo clásico.
Sin embargo mi Jota es músico de raza, puede apreciar la sonoridad, la buena composición y las destrezas mucho más allá del metal que nos une.
Por ello tengo la certeza de que algún día también nos sumaremos en vivo a una lírica con muchas verdades como la de Ruben Blades, o mínimo lloraremos con los acordes de violín de una orquesta filarmónica.