jueves, 22 de abril de 2010

1, 2, 97 y 20 mil polacos: ironías de la vida…

Recuerdo ramos de rosas y unas velitas blancas encendidas como los únicos colores de aquel oscuro cuartucho, el número 18 del bloque 11 de Auschwitz. Me dijeron que ahora podíamos ver algo porque tiene barrotes, pero originalmente lo que percibían sus habitantes era la total oscuridad de sus paredes negras.
También hay una placa inclinada con letras plateadas en donde se alcanza a leer el nombre de su ocupante más recordado: San Maximiliano Kolbe y el de otro visitante más conocido aún: el Papa Juan Pablo II, ambos polacos.
Para quienes no lo saben, Kolbe fue un sacerdote martir en ese campo de concentración, cuya vida influenció en gran medida la vocación sacerdotal de Juan Pablo II, el papa viajero fallecido hace pocos años.
Aunque no sigo religiones las respeto, y estar en ese sitio, consciente de la trascendencia del lugar, de la historia de los personajes que pisaron ese suelo, ha sido una de los experiencias más impactantes de mi vida. Agarrada a los barrotes de hierro negro miraba hipnotizada hacía el interior, con las ganas de llorar atragantadas mientras el tour avanzaba por el museo de dolor del holocausto.
Pude sentir el frío en el semicalabozo a pesar de los casi 30 grados centígrados afuera en pleno verano, ese agosto de 2007. Allí, en ese instante, el recuerdo de dos polacos que admiro desde niña me congeló las arterias en una mezcla de ira por la injusticia y tristeza infinita por el sacrificio de tantas almas.
Hace unos días me asaltó una sensación parecida: Polonia y ese frío emocional se apoderaron de mi mente y mi corazón cuando supe que su presidente, Lech Kaczynsky y la plana mayor de su gobierno habían fallecido esa mañana a bordo de un avión que se estrelló en los campos de Smolensk, Rusia.
Esta vez murieron 97 polacos cerca del bosque de Katyn, justo donde 70 años atrás fueron asesinados más de 20 mil de sus oficiales, políticos e intelectuales a manos del ejército ruso, durante la segunda guerra mundial.
Ironías de la vida. Apenas en septiembre del año pasado el actual gobierno ruso de Vladimir Putin inició conversaciones con Polonia para conmemorar responsablemente aquella masacre perpetrada por sus antecesores. Podría decirse que el alto mando polaco iba por fin a sellar un perdón a los rusos, así lo veo yo, y se consiguen la muerte a pocos kilómetros del mismo lugar del crimen.
Quise buscar explicación a porqué el país se quedó huérfano. No la hay, esa tierra, tantas veces dominada y utilizada por locos extranjeros delirantes de poder, quedó acéfala en minutos.
Vi por televisión las imágenes de la casa de gobierno en Varsovia, con esa enorme desolación en miles de rostros llorosos e inconscientemente la asocié con la desolación de aquella celda de Kolbe. Hoy casi un lugar de peregrinación porque además fue fundador del movimiento Milicia de la Inmaculada y tiene muchísimos seguidores.
El padre Maximiliano Kolbe fue uno de los 550 sacerdotes, frailes y monjes polacos presos en los campos de exterminio nazi. Había llegado a finales de mayo de 1941 con otros 303 prisioneros desde Varsovia a Auschwitz, que queda cerca de Cracovia. Ahí sobrevivió transportando grava para construir muros al lado del crematorio hasta que un día a finales de junio le pidió a un nazi que le permitiera ocupar el lugar de Franciszek Gajowniczek, sargento polaco, casado y con hijos, al que los alemanes habían condenado a muerte como escarmiento por la fuga de otros.
Kolbe agonizó sin agua ni comida por 14 días en la celda que vi, junto con otros 9 condenados. Al ver que no moría, el oficial nazi encargado le ordenó una inyección de fenol, terminando así con la existencia del prisionero número 16670 el 14 de agosto de 1941.
Juan Pablo II lo canonizó en 1982 como mártir de la Caridad, y Gajowniczek, el hombre por el cual Kolbe dio la vida, estuvo presente en la plaza de San Pedro en el Vaticano abrazado con el Papa.
Fui criada con estos conocimientos dentro del catolicismo, que hace rato no sigo fielmente. Considero santos a muchos que no precisan canonizarse, como el mismo Juan Pablo II, cuya gestión desbarató las divisiones religiosas en la unidad del lenguaje del amor y dejó una estela de bondad por donde pasó.
Así pues, tampoco quiero creer en ese fenol homicida ni en la celda número 18. Santo o no, el alma noble de Kolbe estaba presente en esos dos polacos que se abrazaron en la plaza San Pedro en su nombre.
Creo si, que ese mismo deseo de seguir adelante en la vida, a pesar de situaciones adversas como masacres, ocupaciones y crímenes, fue lo que llevó al presidente polaco junto con su esposa y compañeros de poder a tratar de retomar los maltrechos lazos con los rusos, pero desgraciadamente, perdieron la vida en el intento.
Hoy expreso mis condolencias al pueblo polaco con el que me conecté tan profundamente. Pude ser ajena o extraña, considerando que era el único ser humano de color canela y ojos achinados en varias leguas a la redonda, pero no. Los recuerdo simpáticos, con o sin cerveza, amables y solidarios, saben permanecer unidos, están acostumbrados a luchar.
Claro, ellos saben que perviven en el tiempo y la memoria: uno, dos, 97 ó más de 20 mil, se hacen trascendentales.