jueves, 3 de abril de 2014

Adios a Gustavo Rodríguez


La última vez que lo vi fue en el Ateneo de Maracay, detrás del escenario, abrió los ojos sorprendido cuando me vio, - "¡Eres tú!, ¡Qué bueno verte!, ¿Cómo has estado?”- dijo mientras terminaba de despojarse de Carlos Marx, a quien acababa de interpretar. Me dio un abrazo fuerte, con su sonrisota y su energía de tres toros juntos.
En ese momento, (y para variar), yo tampoco paraba de sonreírle, le dije que estaba contenta de verlo sano, lo felicitaba  por la actuación y le agradecía que estuviera bien.  Era su primera función luego de haber sufrido un infarto hacía poco más de una semana.  “Ya estoy bien, fue solo un susto. Bueno, tú me acabas de ver”-, me dijo sonriente.
Tenía el pelo largo y canoso, con la barba también larga y poblada para el personaje y sudaba en el calor inclemente de mi hermosa ciudad jardín. Lo acompañaba Nattalie Cortéz, nuestra espectacular actriz que le dio vida a la pareja de Marx.  Creo que es normal que esta simple mortal recuerde con alegría y muchísima satisfacción ese momento, en la penumbra del cuasi camerino de los actores, donde casi se me olvida que estaban mis papás, todavía más emocionados que yo, esperando que les presentara a Gustavo Rodríguez.
Mis papás felices les estrecharon las manos y los felicitaron, ellos humildes contestaron con una sonrisa y un “muchas gracias” más emocionado aún. Cuando paramos de confirmar que estaba en buen estado de salud y de felicitarlo por tan grandiosa puesta en escena, recordamos él y yo, para los presentes,  cuándo nos conocimos. Yo lo había entrevistado para AP años atrás, porque había encarnado al tirano “Sr. Presidente”, en la película de Rómulo Guardia. Primero nos hablamos por teléfono y luego nos abrazamos reconociéndonos amigos el día del estreno.
“No quieres salir de personajes difíciles ¿no?”-, le comenté a propósito. “Esos son los interesantes”-, me contestó con su voz de trueno bien manejada. Esa voz de protagonistas emblemáticos de las telenovelas de mi infancia y que ya de adulta tuve el privilegio de escuchar aún más veces por teléfono, por entrevistas o simplemente como un viejo amigo, al que se le llama de vez en cuando para saber cómo está.
Luego supe que no habían podido presentar la obra en el entonces Ateneo  de Caracas. Por teléfono nuevamente, me explicó que había un “conflicto que no se pudo resolver dentro de la compañía… y bueno, como no se resolvió, pues no nos presentamos”.  Ni me dijo más y yo, como ya estaba en plan de amiga y no de periodista, no dije ni digo más.
Desde entonces la vida nos llevó por rutas distintas y yo seguí creyendo, como siempre, que Gustavo Rodríguez era eterno, que un día de estos lo llamaría y echaríamos cuentos otra vez.  Me equivoqué sólo en algo: no echaremos más cuentos.
Hoy día recuerdo con tanta nostalgia y emoción ese momento en el Ateneo de Maracay, aún retumba su voz plena en mis oídos.  Ahora lo tuteo como me lo pidió desde nuestra segunda conversa.  
Gustavo, nuevamente te expreso mi sentido cariño, admiración y agradecimiento por haberle prestado tu voz, tu alma y tu presencia a esos personajes que, no eran difíciles, como yo dije, sino únicos, como TÚ.
Y aunque el celuloide y nuestra memoria te hacen eterno, esos personajes se acaban de marchar contigo.



¡Hasta luego Sr. Gustavo Rodríguez!.